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domingo, 6 de marzo de 2011

Estefanía Contreras Cerón "tema libre" leído el 10 de diciembre 2010, en Eco tienda y café Neblinas



Tema Libre

Cualquier idea o pensamiento que escriba un ser humano en un papel, salvo por la barrera del idioma, puede ser  entendido por otro humano - pensó María a los 13 años, justo antes de posar la punta de su bic negra en su cuaderno de doble raya.
Su maestra había dejado la tarea de escribir un ensayo o una historia que compartirían en el salón con todos sus compañeros, ¿el tema? libre, si se trataba de una historia el único requisito era contar con  las especificaciones o descripciones necesarias para que todos pudieran entenderla.
María  pese a la gran imaginación que había demostrado antes improvisando cuentos para sus hermanos menores, no sabía cómo iniciar su historia, este requisito impuesto limitaba su creatividad y le hacía arrugar la frente en señal de disgusto.
-Se supone que todos podemos entenderlo todo, ¿no? Yo no puedo entender a un lobo, porque no tengo garras, ni cola, ni ando en cuatro patas, ni se hablar en lobo, pero puedo entender perfecto lo que dicen mis amigos y mis papas, porque son igual que yo  ¿de qué descripciones habla  la maestra Lucrecia? ¡Qué ilógico! -Haciendo esta reflexión se decidió por un ensayo,  respiró hondamente y comenzó a escribir.
Al día siguiente cuando la maestra Lucrecia disfrutaba  historias acerca de niños con superpoderes, zombies alados y videojuegos vivientes a la hora de revisar las tareas, se encontró con el trabajo de María, cerró los ojos un momento y pudo ver como se quebraba en finos pedacitos una impoluta  máscara cristalina que antecedía su cara.
Ese día Lucrecia decidió un encuentro con Javier, un amigo de su esposo que había visitado su departamento en varias ocasiones y en cada una, sutilmente, le había dejado saber su deseo por poseerla. Era la primera vez que lo engañaba.  Con el cuerpo hirviendo,  en medio del frenesí  Lucrecia le contó a su amante la repentina decisión de verlo, le comentó del escrito de María, y al pronunciar su nombre y recordar la cara de su alumna, sintió un placentero espasmo.  Javier, sordo por el advenimiento de su culminación, la ignoró.
Cuando su esposo entró al departamento Lucrecia no estaba en la sala mirando televisión como de costumbre, la escuchó canturrear en la cocina y al saludarla notó  que estaba recién bañada.
-¿Y ahora, qué te pasó, qué no te bañaste en la mañana?-.
 Lucrecia sintió un ardor en el estómago, pero nada más.
 –Si, pero necesitaba refrescarme.-
-¿Con este frio?-
-Si , con este frio- contestó con una cálida sonrisa y le estampó un beso en los labios. No sentía ganas de mentir, no tenía culpa, se sentía fresca,  transparente, reanimada, dispuesta a contestar sin reparos la verdad en caso de haber más preguntas, incluso una parte de ella deseaba que su marido las hiciera.
Cuando llegó la hora de dormir, Lucrecia seguía en el estupor  que la había asechado desde que salió esa mañana de la secundaria.  Sentía su piel como si le hubieran quitado una capa de insensibilidad y ahora pudiera sentirlo todo por primera vez.
No dudó en explorar a su marido con esta nueva sensación, recopiló todas sus formas en la palma de sus manos, quiso sentir cada textura del cuerpo en sus labios y siguió todos los impulsos que se le presentaron por muy extraños que fueran, oler sus dientes, lamer su cabello, escuchar su sexo, hasta que llegó la mañana. La maestra de español no pudo evitar pensar en María en cada orgasmo que tuvo. Cinco veces vio la carita de su alumna esa noche.
Ya en el salón de clases pudo salir de su estupor concentrándose en sus deberes, aunque no evitó dejar sus ojos en María un par de minutos.
María gracias a la influencia de sus padres, cultivaba pensamientos versátiles y precoces, aunque empañados con puerilidad. Había desarrollado  una empatía universal, unificadora, sin clichés. Escuchaba más de lo que hablaba, observaba más que lo que escuchaba y no externaba nada ajeno a sus pensamientos.
 Cuando sus ojos se encontraron con los de la maestra, María esbozó una ligera sonrisa de cortesía, Lucrecia asumió la sonrisita como de complicidad y no pudo evitar respondérla.
Al terminar la clase pidió a María que se quedara un momento, el salón se vació, cerradas las persianas y la puerta, su alumna caminó hacia ella y se detuvo delante del escritorio.
 Lucrecia se preguntaba si esta preadolescente entendía  el impacto que había causado en su vida, la incomodaba un sentimiento de  excitación, provocado por la idea de que María ignoraba totalmente que el día anterior estuvo pensando en ella mientras se invadía de placer. A pesar de lo primogénita que resultaba esta pedofilia, no sentía cuestionamientos, ni conflictos, todo lo había resuelto con anterioridad la narración de esa carita serafínica que ahora estaba delante de ella.
María , ¿en verdad tu escribiste ese texto que entregaste ayer?-
-Sí maestra
-¿En que te basaste?
-En mi-
Antes de que María respondiera la última pregunta , Lucrecia ya se encontraba recargada del otro lado del escritorio que las dividía, no pudo evitarlo y sus manos ya estaban en el cabello de María recorriéndolo hacia atrás como enmarcando su cara.
-¿Puedo quedármelo?  Te lo agradecería mucho María-
-Si maestra, puede conservarlo, no creí que le fuera a gustar -
En cuanto terminó de pronunciar su contestación,  Lucrecia la abrazó, lo que pudo confundirse como señal de agradecimiento, apreció  el volumen de su cara  entre sus senos, la invadió una sensación deliciosa  y la estrechó aun más, suspiró pesadamente,  sintió que le hervía la sangre, tuvo un escalofrío en la entrepierna. Luego de un momento se separaron, Lucrecia sintió el impulso de besarla, se contuvo y en su lugar acaricio los húmedos labios de la menor con sus pulgares, María entreabrió la boca y la maestra percibió la tibieza de su saliva, se estremeció.
En ese momento a l ver la cara aun de niña  de María, por primera vez sintió una opresión en el pecho, como  deteniéndola, comprendió que lo que había descubierto en ella no sólo era un tacto hipersensible, ahora veía una puerta abierta hacia la plenitud.
Se despidió cariñosamente de su alumna y sintió quererla más que nunca.
Al llegar a su departamento, empacó un par de playeras y pantalones,  cambió sus zapatos por unos tennis,  tenía la sangre jineteando violentamente su corazón y paradójicamente  esto resultaba relajante,  era la sensación como la de aflojar las ligas del cabello cuando han sostenido un peinado por mucho tiempo, eso sentía en el pecho.
Caminó por todo el lugar, lo recorrió dos, tres y cuatro veces, a prisa, como buscando pistas para lo que su cabeza a cada paso desenmarañaba.
-Nunca quise casarme- dijo casi gritando, pero sin evidencia de lamentación, al pronunciarlo ya se había perdonado. Su voz tenía la emoción de quien ha descubierto una bolsa de centenarios enterrada en su jardín.
Salió de su departamento , vació todo el efectivo de los plásticos bancarios en su cartera y abandonó la ciudad, si volvería o no era incierto aún para ella, lo único que sabia con certeza y que en su mente pesaba más que todo lo pesable en el planeta era la idea de comenzar a serse fiel.
En su interior se había despertado un vigoroso potro ferviente y resucitado en ansiedad. Lucrecia viajó por destinos inimaginables en todos los sentidos,  tuvo numerosos  trabajos que esbozaron unos músculos como colinas en sus brazos y piernas.
Errante caminó, se arrastró, corrió, voló,  platicó hasta vaciarse, se volvió a llenar, aprendió incontables palabras, experimento lo inefable, comió hasta saciarse, tuvo hambre, aprendió a bailar, a ordeñar una vaca, a cambiar una llanta, explotó de felicidad, quiso morir de tristeza , tuvo amantes como el número de su edad multiplicado por  dos.
Su familia la buscó mucho tiempo , gran tristeza los invadió los primeros meses, hasta que comenzaron a recibir mensajes esporádicos contando que estaba bien y no era necesario preocuparse,  a veces por correo electrónico, a veces por correo postal.
Fue precisamente por  uno de estos medios que la policía relacionó un lazo familiar y  fue llamada a identificar su cuerpo.
 Lucrecia fue encontrada pendiendo de una cuerda ingeniosamente colgada en el techo de un hotel, en la mano izquierda aun atesoraba celosamente un papel.  No se le encontró relación con ninguna persona en esa ciudad, por lo que 3 días pasaron para que fuera identificada por su familia.
Al entregar el cuerpo, su familia también recibió la hoja que Lucrecia llevaba en la mano, estaba percudida con incalculables arrugas y un  texto casi imperceptible en el que apenas se podía leer: “Ensayo sobre lo indecible”


Estefanía Contreras Cerón


domingo, 30 de enero de 2011

"Memoria de ti" de María Teresa Valdés y "El cauce convulsivo" de Pedro Moreno (Serrot).


María Teresa Valdés. 

Memoria de ti.


...Y ya no quiero contar el tiempo, ese tiempo hurtado antaño al Tiempo para consagrarlo al amor, no quiero recorrerlo en el sartal de la memoria desgastando uno a uno los encuentros, aljófar amarilleado...
Sed de Mar,Esther Selingson

Mi memoria ha sido como un cuadro blanquecino.
El blanquecino se come las eses en ausencia tuya
siento, sé, sufro
La sustancia olfativa en un color
las letras hermosas que me salvan del ritual
las perras negras que ritualizan el fin.
El blanquecino se lo ha llevado todo
Por eso te huelo en todas partes.

Antes, el devenir rememorativo sabía ilustrarse en los renglones, antes ,cuando todavía no ibas, cuando todavía no esperaba tu venida. Porque quería sostener con las fuerza húmeda de mis manos tú aliento y tacto, porque quería no convencerme de que el tiempo baja hasta los pies el sentimiento, la pasión en rastros sobre el rostro, y este incontenible sufrir de temblores y ansiedad frente el mundo y las huellas de sus recuerdos. Por esto voy a borrarte, y todas las partes voy a borrarlas de ti. Voy a sacarte escribiéndote, haciéndote una puta de un millón de putas más, voy a llevarme todo y sumergirlo en mi sexo hasta desaparecer lo. Así, es la única forma amor, para no esfumarme en este espacio tan sin fondo que no encuentra un encuentro oportuno, voy a hacer de la ausencia mi memoria y voy a recordar estas lágrimas que no salen y este detestable comienzo a perderte, voy a soltarte, no poco poco, sino ahora, ya, de una vez. Duele tenerte en el cuerpo como un fantasma gaseoso que sale y entra por mi voz, no sentir un dolor fuera de ti o una felicidad fuera del archivero de nuestros momentos. Han desaparecido, esa que fui ya no lo soy. ¿Los ves? Son nuestros nada más pero ahora se van, primero ellos van a olvidarnos a nostras. Pongo en blanco y lo lleno sólo aquí, es una transposición, un trasplante de los ojos que te veían, los he pasado al cansado papel para que los sostenga por la eternidad y me deje, nos deje al fin como la transparencia en un lago. Te tengo sólo como un cadáver inmóvil que pierde color, sólo puedo esperar a que último rayón de tu piel se expanda con el tiempo invisible. Llevaré los ojos puestos hacia afuera y me inclinaré en tu seno el día en el deba desgranar mis recovecos sobre el celo de un amor laberíntico y destinado al fracaso.
Serás una desconocida, aguardando mis insomnios que retienen florescencia de otros cuerpos, hablaré de lo que apenas siento ahora que ya no te nombro, rumbo al encuentro de aquellas huellas mi existencia se moverá, y la removeré al fin de mi. Amor, ahora que escribo no logro saberte, enchirme de tu presencia y tenderme en mi sueño que marcha hacia atrás. Vierto abstraída y abandonada esta penosa agua de ti sobre este penoso esfuerzo de abandonarte. No son inútiles estos instantes últimos tu y yo juntas, el desperdicio es este vómito derramado en mis dedos que serán los del horizonte. Ya no te poseo con la mente, porque la mente revierte las turbaciones y se planta en las rupturas de mis costillas, y aveces estallo con mi vientre fijo y mi palabras pálidas, me hundo sola al límite de ti, al límite rasgándote las espalda para no dejarte ir, ahora no tengo uñas pero sí mucho miedo, un profundo miedo a perderme en la lejanía de mi memoria, y equivocarme al fin en este espejismo que llama hacia el presente y estas mis palabras que te esperaron por mucho tiempo, para invocarte para guarecerte en mis débiles brazos, al fin buscar huir, golpearte con las preguntas y dolerte en presencia de dos cuerpos reales, sólidos, humanos, y no esta mierda de lugar profundo y vacío , profundo hueco cargado de ecos, de restrojos, de paréntesis, de separación. Esta que no eres tú ni nunca lo fuiste, esta que estuviste ahogada aspirando mi vida y mostrando muertes provisionales, estos pechos que iban cobardes a asirme y se arrebataban en la fugacidad mental, en el puto caudal de la puta memoria del puto sepulcro que es  esa que te niega, y mis miembros que se desbaratan, que se trastocan en la nada de la blancura, y el horror de este tenue imaginar de tu sed y mis besos que sólo se confinan allí en ese lugar maldito, sin sentido, que grosero trascurre por el sartal del minutero, venciéndote al intacto, al engaño de una nostalgia, un desamparo que sobrecoge al deseo al estupor de no tenerte y tenerte en la áspera pupila sin memoria. Lo prefiero así, sin mantenerte esclavizada y fundida en mi naufragio, en el remoto lugar de agua dulce que es mi memoria, lo revierto y me lanzo al acantilado, he de olvidarte, amor, como espuma blanca, y he de quedarme yo atrapada al clamo de mi presencia, sólo de la mía, sin perderme en los rumores que recoge la ausencia.

..Habrá que re ordenarlo todo.


Serrot. Poema leído el 10 de diciembre en Neblinas.


El cauce convulsivo de las aguas
Reflejante modo de agitar
Desvía la atención del fenómeno…

El espectáculo de una figura engañosa
Que cae en un cubo de agua; que fermenta

Vuelven a girar sin asirse sus ojos
Le dibujan la vertiente profusa

Móviles transforman el campo visual
Giran puntiformes en el acto la actividad  contemplada
Alrededor y estacas lo delinean. Vira y gira
Aguza la mirada ininterrumpido; la fijeza del ahora

Alberga en sí congelado el devenir
En el fondo de su pico abierto la blanda membrana  se rasgó
Desplazándose a la batalla, ondula, la consciencia en la continuidad
Todo en él estremecido, la criatura, latente sobre el arco ciega
Inclinando el cuerpo sucesivo…

Instantáneo chorro estalla
Clavados en el tronco; cuelgan las hojas de unos brazos muertos
El gorjeo brota la planta seca, resonancia grave, densa, vertical
Arrobado ligeramente, el silencio crispado en la tráquea, transparente
Hincha la fuerza irresistible
Recorre y moja las venas
Debió morder la carne blanda.

Ese néctar; el aparato de succión en la columna
Patrullan las furias, alto el vuelo, que perturba a la frágil
Sigilosa observación. En la asombrosa distancia.

El hielo se quiebra, la cruda atmósfera
Los agudos huecos, dilatan la línea ensayada
De hierro el vacio que colma se nubla.
Reúne de una y otra parte.

Avizora, las briznas que barre con una mano
Las arrastra y dispersa
El embrujo que provoca la llanura

Al fondo claro la cabeza sumergida en el cielo…
Labrado su gemido en retirada, se cierra frenético sobre sí mismo
Un ronco gorjeo que deleita a la intemperie.

Es la jungla que vislumbra el silencioso guerrero
Entrevera la parte ausente de lo que está presente
Cuero de la cenagosa, coagulada, ola de una inmóvil coincidencia
Lleva largo rato olvidada en un puerto
Suave; le susurra un germen a su oído: voutre petite pieds oú vous émportérent ils?

 Autor: Pedro Moreno (Serrot)

viernes, 14 de enero de 2011

Próximamente Yin Yun y Saga Lanuit.

Bernardo Olmedo. No mires por la ventana: leído en Neblinas,10 de Diciembre/2010.

No mires por la ventana.
Es fácil: no me acuerdo. En serio, no sé cómo es que pasó. Debió ser que estábamos solos y que había pasado el chavo del periódico gritando: ¡no se murió! ¡no se murió!, aunque en ese momento no entendimos que se refería al tío y nosotros en la boba, pensando en cómo limpiar la sangre. Pensamos en el trapeador y me dijo: no, ése no se desmancha con nada. Pues lo quemamos, le dije yo, y él dijo que bueno. Limpiamos con el trapeador y una cubeta azul. Echamos montones de agua y no sé a santo de qué dijo que no había nada de qué preocuparse, que estaba ya solucionado. En ese momento pensé que era cierto y pude respirar y sentí cómo un peso se me quitaba de encima. Me sorprendió mucho poder respirar, hasta entonces apenas si lo hacía tratando de hacer el menor ruido posible y una roca gigantesca me oprimía el pecho o quizá era la mano de algún gigante, como ese que leímos en la primaria, Gargantúa. Después es cuando no recuerdo. No sé si lo sugirió él o si fui yo o si se prendió por accidente cuando quemamos el trapeador (que sí recuerdo que fue él quien lo hizo). Pienso que era inevitable, que eso era necesario en ese momento particular, que era necesaria la llama para iluminar la habitación, el refulgir en las paredes como sombras danzantes, que eso tendría un efecto sedante y puedo imaginar (o reconstruir) la imagen de su cara iluminada por ese fuego dulce y gentil. Porque así debió ser el fuego, cálido, amable. Entonces es cuando vuelvo a recordar, cuando me toma de la mano y me dice: ya ni modo. Y yo asentí porque me pareció tan normal, tan una imagen recurrente. Las sombras se deslizaban y por un momento se me ocurrió que podía ser que la luz viniera de afuera y que pasara a través de la cortina ondulante, que la fogata al interior fuera una antorcha, casi como si fuera la antorcha olímpica, ese fuego que nunca se apaga pero que luce de algún modo artificial. Supongo que nos quedamos ahí un buen rato porque la llama estaba casi extinta cuando salimos al aire frío de la noche, al cielo limpio y estrellado. No estaba tan oscuro, la luna estaba en cuarto menguante y el cielo no era negro, más bien azul marino. El olor que quedó impregnado en mi nariz me llegó de golpe hasta que estábamos afuera, me asaltó como un mazaso, como la cuchillada de un violador (que en lo personal ignoro cómo sea, nunca me ha acuchillado un violador, pero un día lo leí y me pareció muy dramático) y me dio muchísimo asco. Es como si hubiera estado en una carnicería entre montones de animales abiertos en canal y de repente un montón de humo llenara la carnicería, porque no olía a carne asada, olía a carne ahumada. Creo que vomité pedacitos de pizza aunque también puede que sólo haya vomitado puro jugo gástrico porque había comido muy en la mañana, antes de salir a la casa del tío. Me quedó un sabor muy amargo con un dejo casi metálico que me dio más asco y me limpié con la manga de la sudadera y restregué mi lengua sobre la superficie rasposa de la tela. Ya ya, se acabó y no hay nada qué temer, me dijo como si se lo dijera a un insecto que estuviera atrás de mí o sobre mi hombro. A lo mejor a una sombra. Sacó una cajetilla y me ofreció, pero dijo enseguida: ah no, verdat, que tú no fumas y yo negué con la cabeza. Encendió uno y entonces pensé que estar ahí era como ver las cosas a través de las volutas de humo de un cigarro, como si un fino velo cubriera todo. Volteé a la casa y las ventanas estaban empañadas y me dieron muchas ganas de subir y escribir algo sobre el vidrio frío, quizá un poema o una dedicatoria ("Héctor, te dedico este artero crimen para que sepas lo mucho que te quiero" o "Héctor, aquí dejo constancia de que en mis fueros internos muero por ti", aunque Héctor es tan imbécil que jamás lo entendería). Me jaló y tuve que dejar por la paz lo del poema y lo seguí por las callecitas estrechas, sintiendo que escapábamos muy a lo El Padrino o en alguna película de gánsters o como el video de la canción de "la noche que Chicagoooo se murióóóó" aunque esa canción la detesto. Sentía que iba como flotando atrás de él, como si me atrajera con un enorme imán. En realidad iba de su mano y me tironeaba, sobre todo en las esquinas, pero yo sentía que fluía en vez de caminar, como si me fuera cargando. Apúrate. Pero por qué. Tienes que llegar a tu casa. Bueno. Y llegamos a mi casa y mi mamá salió asustada y me preguntó: dónde estabas, métete, ándale y yo me quería despedir, decirle que esa había sido la tarde más emocionante de mi vida, pero mi mamá no me dejó y lo miró como si mirara a un perro con sarna. Intenté decirle muchas cosas con la mirada, pero no creo que haya podido porque él volteó la cara y echó a caminar bajo las farolas, perdiéndose en la negrura de la contraesquina, por donde está la casa con balcón y macetas.


Bernardo Olmedo

Hugo Cervantes. White Horse: leído en Neblinas, 10 de Diciembre/2010.

White Horse
Se disgrega la realidad
en los ductos sanguíneos,
sin dolernos la piel,
sin dolernos el hambre
caemos rendidos
de tantos dolores
y contigo vemos
el primer viaje.

La blancura de tus crines,
el chasquido de tus patas
van rondando el cielo
con nosotros en tu espalda.
Y viene saliendo el sol,
y sigue viviendo la vida,
pero que importa
si todo en el aire termina.
White horse,
antídoto,
primo de tantas blancuras
remueve las yagas del tiempo
y fíltrate hepáticamente
hasta la más sensible
estructura del cerebro.

White horse,
fiel compañero,
te sigues robando los días,
y vives tranquilo en las aguas
de todos los mares;
y vives tranquilo en la sangre
que sólo contigo arde.
  
I
Abro los ojos para mirar el sueño
y veo,  sé que veo porque hay
un sombrero parlante, dos ínsulas
de hojaldre flotando sobre tu foto
y un montón de besitos rotos
en el espejo.
El día que te ibas todas las raíces
del sauce de ti se despidieron
y la cucaracha más sucia te prestó
sus alas para irte.
Yo seguí ahí sentado contando maniquíes
sobre el abismo de amaranto
y con un caballito de mar en el pensamiento.
Tú volabas cual chupamirto
y te escurría en el pico aquel néctar
que la despedida nos puso en la punta de los versos.
Las nubes se plastificaron,
dejaron de ser algodoncitos de colores
y su sabor se fue aguadando
como una bala que no puede penetrar
ninguna almohada que haya tocado tu pelo.
El mundo se volvió innecesario,
los elevadores ya no iban de atrás hacia delante
y las gotas de lluvia ya no brincaban
desde el suelo para volverse un aguacero.



Hugo Cervantes






martes, 11 de enero de 2011

domingo, 9 de enero de 2011

Pedro Moreno. Exposición Colectiva desde el 10 de diciembre en Ecotienda y café Neblinas:



    PEDRO MORENO:    



Sin titulo (60 x 50cm.) $3,000.

Sin titulo (60 x 50cm.) $3,000.



Permanencia desde el 10 de diciembre/2010 hasta agotar existencias...

domingo, 2 de enero de 2011

FUGGATA FENESTRA. Poema con que se participó en la lectura de Neblinas.




FUGGATA FENESTRA
(de la serie Prolegómenos a una habitación vacía)
Una puerta azotada
Nepótica con tu imagen tus baños cleopátricos de licor acidulado
De sostener tu frágil maxilar la copa
de escribir un pestilent  a mis uñas escasamente limpias
onanismos y palabras de grifo antiguo
acicutadas
piras  significantes en cuerpos instantes organizados sin vida
prostituídas
Moluscos letrados que lloran el contacto de los muertos aqueos y las transfecaciones proscritas
oh, mi rodeziano y epiléptico Artaud!
Desgranemos mis sincoherencias en el cuello inmenso de hierro de dios mordido por miles hormigas mantequeras
Ocultas bajo palabra en las cajas de cigarrillos
en signos nenúnfares cogiendo descaradamente con la lengua dentro
Escupo los diccionarios alumbrado por el ojo tuerto de un reflejo perdido
Espejos en los que el gato mira su mutación humana
a la mujer desnuda que sostiene la navaja en su muslo izquierdo,
tu lacerante jugo esquizofrénicamente tocado con mis dedos.
Y levantarme así del suelo
con alucinaciones pétreas sumergidas en un oxímoron acuático imposible
Lejos de la imagen
Cerca de las supuraciones en la almohada
De mi libreta vacía
De mi teléfono siempre muerto de tu voz en Bruselas
La realeza abandonada en las cloacas de un sueño
Rex ohne dictum
Y duerme
Y escorpiones gritan tras las cajas de zapatos
Y no hay poema
Mi brazo levanta hojas del otoño que no sale de este cuarto
sin ventanas destrozadas que laman tu fotografía
ácida de mnémas
de estirpe infinitamente paria de tus lágrimas
Sólo  las risas
Y les escucho
encogido de hombros
si minuto este silencio
                          por: carlos ajís

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El trabajo del poeta. Poema con el que participó en la lectura de Neblinas, 10dic2010


El trabajo del poeta                  Mauricio
es ser velador de palabras             Caudillo
y amanecer con las ojeras
de un viejo boxeador retirado;
es ser el psicoanalista del refrigerador
con problemas de termostato;
es el que escucha el llanto
de una nocturna tubería
como si se tratara de un niño
que llora a cuentagotas
detrás de los muros de la madrugada.
El trabajo del poeta
es tener hambre
y buscar versos en la basura,
es pedir limosna
con el corazón en los huesos
y quedar tirado entre papeles rotos
y moscas que zumban poesía.
El trabajo del poeta
es no tener trabajo
y vagar buscando bocas
verdaderamente humanas
con el aliento de un libro
impregnado en las entrañas,
es buscar rostros de lluvia o de silencio
por calles eléctricas y jardines
de piedra milenaria
y contemplar la ciudad de humo
con sus paredes pintadas
de vulgares atardeceres.
El trabajo del poeta
es rasguñar esta tierra
atroz y descarnada
en busca de huesos y vestigios espirituales
verdaderamente humanos.